Azar.

En el libro de Hannah Arendt que estoy leyendo, hace una cita que me ha atrapado y no me deja en paz. Todo el día pienso en ella. The fecundity of the unexpected far exceeds the statement’s prudence. – Proudhon.
A veces me canso de imaginar viajes en el tiempo. Suena como una oración excesiva, como una metáfora arrogante. Pero no le resta autenticidad. La facilidad con la que mi inconsciente parte en cinco destinos diferentes cualquier pequeña decisión que hago y extiende por horas cada posibilidad imaginando historias a veces me hace creer que vi un largometraje completo. Sin embargo tengo un bloqueo creativo tan profundo que aún en estas fantasías al llegar el momento climático no se darles un final.
Es una falta de manejo de las sorpresas la que lo impide. El bloqueo creado por la razón ante la posibilidad, infinitamente más satisfactoria y a su vez de mínimas oportunidades para que suceda lo imposible, el que impide que sea el azar el que decida la conclusión del sueño. Un escepticismo que se encuentra presente todo el tiempo.
Cuando el autor de una obra se deja pillar por la suerte y tropieza con un accidente hermoso, se produce una obra sincera. En mi caso solo besar una mujer que presentía imposible me enseñó el sabor de un instante donde la casualidad me liberó de cualquier prisión de la conciencia. Antes de eso creía que la balanza sólo se inclinaba hacia los personajes que lo tenían todo. O que el otro único resultado sorprendente posible es la muerte. La sensación de no haber tenido forma de evitar la muerte de amados se acercaba de forma tan semejante que le confundía con el mismo sentido de independencia. La soledad y egoísmo que nace de un una idea así me enseñó que el deceso de una persona, sin importar que tan amada haya sido, no libera a nadie más, que no sea al propio muerto.
Al final parece ser que siempre estamos atrapados ante la posibilidad de que todo permanezca igual, hasta que un evento circunstancial transforme la realidad. Es cuando esta distorsión que empata o hasta mejora nuestros deseos, sin saberlo, está proyectando nuestra voluntad al universo.
Un cuento que escribí decía:

“Pensé que el concepto de fidelidad en un amor realizado era un delirio, resultado de un egoísmo vasto y sin sentido, un instrumento cruel para crear la ilusión de que la gente no va a cambiar. Que nada de lo que nos importa va a cambiar. Me convencí de que nadie la ha sido verdaderamente fiel a otro ser humano en vida jamás y que la fidelidad activa y abnegada es una secuela de la muerte; demandar cualquiera de las dos es solicitar la misma cosa. Es una pequeña búsqueda de inmortalidad como tantas otras que tenemos en la vida.”

De regreso de un viaje por el que he pasado varios días recorriendo carreteras del norte de México, mi amigo el Filósofo me dijo que reprimirse en los sueños es una aberración. Un sinsentido propio de un pendejo. Me ha hecho preocuparme por no tener la sensibilidad para permitir que el azar actúe en mi subconsciente. A primera vista me suena como una barrera que sólo pondría un tipo al que le gusta vivir en el anonimato.

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