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Un regalito.

Desde niño tuve malos hábitos con respecto al dolor. Nunca entendí bien para que sirve.
Hacía ejercicio y al día siguiente, cuando los músculos llenos de ácido me reventaban amaba tallarme vigorosamente.
Cuando perdía los dientes de leche, me gustaba jugar con el diente flojo porque el eco que sonaba dentro de mi boca con el vacío que formaba el juego entre la encía y la pieza que se caía me encantaba. Salía sangre y ardía con todo lo que comía. No me importaba, necesitaba seguir.
Cuando me tatué creo que lo que más me gustó fue el dolor pequeño y molesto de la maquina rompiendo mi piel.
Encuentro un placer inaudito en caminar o estar de pie por horas y que mis pies se hinchen. Me gusta cuando quito los zapatos y se dilatan a voluntad.
Me expongo a estímulos que despiertan mi imaginación. Adoro muchas películas con finales poco complacientes, las canciones de temas incómodos, los grupos que viven al margen del gusto popular, los libros que te ponen a pensar hasta que te sientes cansado. Tengo la característica de quedar angustiado por días (o confiado) por líneas o situaciones de personajes. Me gusta que sean momentos sin remedio. Son como son. Ni más ni menos. Tienen peso, su volumen se multiplica dentro y con cada recuerdo se ensancha hasta que me ahogo (lo cual es curioso, morir asfixiado es la única forma de perecer que me da miedo).
Me gusta extrañar gente, aun antes de que se vaya (así los abrazo más, y no noto que se hacen viejitos).
Me fascina coleccionar cosas que refuercen los recuerdos, desde clichés como servilletas y piedras hasta el orden en que recuerdo una habitación para que nada ocupe el espacio de un cuerpo que antes estuvo ahí.
No me expongo a nada que ponga en peligro mi integridad, son esos pequeños dolores con cadencia, sin solución y fronteras, los que disfruto.

El otro día me dijeron que uso la palabra “amar” en exceso. Lo pensé. No es cierto. Amo fácilmente. Me enamoro. Me gusta. Me gusta amar. Está padre y sabe rico (como helado de cereza, mi favorito). También me dijeron que uso la expresión “me caga” demasiado. Tampoco es cierto. Desprecio fácilmente. Siento seguridad entre lo que me agrada y lo que no me agrada. No necesito excusas. Algo me caga y ya ¿Dónde está el exceso en no querer cargar con pesos de ondas que no me laten?

En fin. Hoy me dieron con que jugar al infinito. Un juego de posibilidades que duele, arde y asfixia. Riquísimo.
Gracias. Muchas gracias.
Lo amo.
Me caga.
Le besaría, pero se me caerían los dientes. Correría lejos de la posibilidad pero el ardor me dejaría las piernas estropeadas para siempre. Me tatuaría cada frase pero esas palabras las escribieron con la propiedad de que no dejan cicatriz. Me quedaría de pie, observando que el otro jugador no se da vuelta, pero mis piecitos no aguantan tanta verdad (esa sí pesa un chingo).

La semana pasada me dí cuenta que me late caerme de la bici. Hoy de que creo que ya sé que me habría gustado de regalo de cumpleaños.

Tomo los 5 minutos que dura el juego para escuchar una rolita.

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El Duque

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